domingo, 17 de octubre de 2010

[...] Pero cuando se vieron solos en la casa sucumbieron en el delirio de los amores atrasados. Era una pasión insensata, desquiciante, que hacía temblar de pavor en su tumba a los huesos, y los mantenía en un estado de exaltación perpetua.
Perdieron el sentido de la realidad, la noción del tiempo, el ritmo de los hábitos cotidianos. En poco tiempo hicieron más estragos que las hormigas coloradas: destrozaron los muebles de la sala, rasgaron con sus locuras la hamaca que había resistido a los tristes amores de campamento, y destriparon los colchones y los vaciaron en los pisos parfa sofocarse en tempestades de algodón. Aunque él era na amante feroz como su rival, era ella quien comandaba con su ingenio disparatado y su voracidad lírica aquel paraíso de desastres, como si hubiera concentrado en el amor la indómita energía de la tatarabuela. 
Además, mientras ella cantaba de placer y se moría de risa de sus propias invenciones, él se iba haciendo más absorto y callado, porque su pasión era ensimismada y calcinante. Sin embargo, ambos llegaron a tales extremos de virtuosismo, que cuando se agotaban en la exaltación le sacaban mejor partido al cansancio. Se entregaron a la idolatría de sus cuerpos, al descubrir que los tedios del amor tenían posibilidades inexploradas, mucho más ricas que las del deseo. [...]

Gabriel García Márquez.

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