miércoles, 21 de julio de 2010

Los veranos del sur son diferentes a las tentativas del amor adolescente. Armado con advertencias y dudas, llegan a ser una notable y convincente representación de un chico y una chica viajando a lo largo de un camino sin preocuparse por las consecuencias.
Era un romance improbable. Él era un muchacho del campo, ella era de la ciudad. Ella tenía el mundo a sus pies, mientras él no tenía dos monedas de diez centavos juntas. Pero a pesar de sus diferencias, ellos tenían una cosa importante en común: estaban locos el uno por el otro.
El romance de verano llega a fin por toda clase de razones.
Pero cuando todo se ha dicho y hecho, tienen una cosa en común: ellos son estrellas fugaces, un momento espectacular de luz en el cielo, una mirada efímera de la eternidad. Y en un destello, se fueron.
 

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